24 feb. 2008

Les habían descubierto. Pasaron al otro piso. Fue una caza espantosa, entre los muebles polvorientos y enfundados de aquella casa que no era de nadie. Se les oía correr por los pasillos, esconderse debajo de las camas, dentro de los armarios, entre los trajes colgando , en la carbonera de la cocina.

Jacinto se metió debajo de la cama. Se agarró al somier manteniéndose en vilo, flexionando los brazos para que no le vieran en el suelo.

Detuvieron a los tres y se los llevaron a la checa de las Cuarenta Fanegas, un hotelucho de ladrillo incautado por la CNT en la carretera de Chamartín. Había polvo, olivos entorno del tranvía y viñas agrias. Al fondo, el colegio de los jesuitas, rodeado de unos pinos achaparrados, de ancha copa marítima.

Presidía el tribunal un estudiante de bachillerato, ayudado por un mecánico. Les interrogaron:

-¿Sois fascistas?

-No; nunca nos hemos metido en política.

Era la peor contestación que podían dar. Los llevaron a un cuarto desnudo, con suelo de baldosines, en forma de rombos azules.

Al anochecer les sirvieron la cena de los condenados a muerte: un par de huevos que rebosaban aceite y un trozo de carne.

Jacinto Calonge levantaba la moral de sus hermanos más pequeños.

-No hay que llorar. Vamos a rezar unas oraciones y a morir decentemente.

Antonio, su hermano menor, flaqueaba:

-Pobre mamá, cuando se entere.

Y se echaba a llorar. Se veían allí los tres, casi adolescentes, como cuando se reunían para los partidos de fútbol o para jugar a la baraja. Y eran tres reos que iban a morir.

Los sacaron a media noche en un Dodge siniestro, manchado de barro. Los colocaron en los asientos de delante. Un silencio terrible invadía el auto. Preguntó Jacinto:

-¿Adonde nos lleváis?

-Ahora lo veréis.

Al llegar al final de Serrano, una patrulla les dio el alto; el miliciano que iba sentado a su lado gritó brutalmente a través de la ventanilla:

-Van al último viaje compañeros.

Temblaba Antonio. Iba esposado.

-¡Qué frío hace! ¿Quieres subirme el cuello del abrigo?

Le miró el miliciano.

-Pronto tendrás más frío.

Se indignó Jacinto. Era la burla cruel ante la muerte. Le dijo:

-Os aseguro que nos vais a acompañar al otro mundo.

Él también sabía hacer bromas macabras.

-Me parece difícil.

-Ya veremos.

Cruzaron la Castellana. Pasaban por delante de un palacio incautado. Estaban iluminados los salones. En la puerta ocho o diez milicianos vigilaban.

Jacinto Calonge, sacando la cabeza por la ventanilla, gritó:

-¡Arriba España!

Creyeron los centinelas que se trataba de un auto «fantasma».

-¡Fuego, fuego!

Las descargas inmovilizaron el coche. Turbiamente vio Jacinto Calonge a sus hermanos agonizando. Él también se sentía morir. Tenía tres balazos en el pecho y uno en el vientre. Zumbaban sus oídos y perdía la vista. A través de aquella niebla vio sangrar mortalmente heridos a los milicianos. Se aproximó a uno que encharcaba el cuero del asiento posterior. Sonriendo, le dijo con una voz imperceptible:

-Os anuncié que no iríamos solos.

Y se fue apagando alegre, entre la sangre odiada de sus enemigos.


Madrid, de Corte a Checa, de Agustín de Foxá.

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